domingo, abril 27, 2014

A good man es mi mejor amigo.




Tengo pocos buenos amigos hombres.
Si los enumero me quedo con:
1. Los amigos vecinos que me vieron crecer, son cinco o seis, a los que voy viendo crecer, caer y levantarse, llegar y despedirse, casar y procrearse. A los que cada cierto tiempo veo y quiero como aquel momento que me di cuenta que los quise porque me demostraron que siempre los tendría.
2. Los amigos de la universidad que son pocos, quizás dos o tres, con los que aún hasta hoy disfruto ser yo, criticar el pasado y pensar en el futuro. Y,
3. S., mi mejor amigo. Al que enumero de último solo porque en él pensaré hoy.

Sábado, 26 de abril.
2:00 a.m.
S. se explaya en un tema de interés femenino.

«Cuidado, Mérida, cuidado con aquellos hombres que te pidan mantener su relación en reserva, oculta, en secreto. Si no son casados ni sacerdotes, ¿para qué ocultarse?. De esa manera ellos no te están cuidando, lo están haciendo consigo mismos. Al no aceptar ni mostrar ni evidenciar lo suyo pueden andar con otras personas sin ningún problema y, sobre todo, sin quedar como los tramposos ante el ojo público. Y mucho más si comparten un círculo de amigos. Los verán con una y otra y nunca preguntarán por ti porque para la 'audiencia' tú y él como pareja no existen. Si no hay nada que ocultar o nada por lo cual esconderse, ¿para qué el secretismo?. Ellos no son figuras públicas ni presidentes de un país y tú no eres su amante. Cuidado, Mérida, porque a pesar de ellos no ser Clinton puede que tú sí seas su Lewinsky».

S. vive en otro país.
Pero mientras está en este me llama por teléfono cada dos días.
Vivirá en territorio nacional hasta que lo envíen como agregado especial a otra nación.
Por ambos motivos yo, hoy por hoy, soy feliz. Por mí y por él, por estar cerca y ser quien es.
Cuando me llama suena 'Time of my life'.
Cuando soñamos despiertos ambos somos bailarines y él es, pues claro, Patrick Swayze.
Cuando somos cantantes él es Frank Sinatra.
Cuando somos escritores él es Walt Whitman.
Cuando viajamos en nuestra mente siempre, siempre, vamos a Disney, luego a Broadway, Paris y Grecia.
Cuando somos actores él a veces es Paul Newman y otras Gene Kelly.
Y aunque no sea el tipo de unión que tengamos él sabe que yo soy Joanne Woodward. 
Cuando somos lo que somos él es S. y yo J.

Él es arte, aire, tierra y fuego.
Él tiene esa mezcla de acentos que a las mujeres derrite, ese castellano neutro y ese cantito de gaucho.
Y a él, que le gustan las mujeres, le encanta hacerlo notar cuando está frente a las más lindas.
Él ama los musicales, los libros y el derecho.
Él es inteligente, agudo, sarcástico y, a veces, egocéntrico.
Él es guapo pero ambos sabemos que con barba es irresistible.
Él es corazón, orgullo, sentido y sensibilidad. Y no es ningún personaje de Jane Austin.
Él es sonrisas, responsabilidad, caballerosidad e ironía.

Cuando hablamos a larga distancia me escucha atentamente.
Puede escucharme por media hora sin interrumpirme.
Podrías pensar que no está oyéndome pero si hago una pausa, él me dice "continúa".
Podrías pensar que lo dice para hacerme pensar que está oyendo pero luego yo lo pongo a prueba.
-¿Qué me dices? -le pregunto-. Estoy loca, ¿no?
Él toma aire y me suelta un análisis digno de un terapeuta colegiado conmigo en un diván.

Si está a mi lado en un sofá o en un restaurante, yo hablo, hablo y hablo.
Él mastica lentamente o toma un sorbo de gin tonic sin dejar de mirarme.
Me interrumpe para repreguntar o para hacer una mueca de risa o asco, dependiendo de lo que yo cuente.
Mientras yo hablo, él me observa, me analiza. A veces toma mi mano y juega con mis dedos.
Una vez me pintó las uñas mientras yo soltaba mi tormento.
Contrario a las bromas sobre los hombres, él pintaba mis uñas, escuchaba mis lamentos, y afirmaba lo tonta que a veces puedo ser. Las tres cosas a la vez.

Sé que cuando juega con mis dedos está imaginando lo que yo poco a poco fui olvidando.
Sé que cuando me besa un dedo está pensando lo valiente que, según él, fui.
Siempre me lo dice. Para él soy Mérida. Y gracias a él, recordar lo que no quiero ha dejado de ser deprimente.

Sé que la mejor decisión que tuvimos fue dejar de intentar algo romántico por intentar algo sanguíneo.
Lo mejor que decidimos fue elegirnos como hermanos.
Yo 17, él 19. Cruzamos miradas y a tiempo nos elegimos.
Es fácil darte cuenta que amas a un hombre solo como amigo.
Lo difícil es darte cuenta si lo amas como algo más que amigo. O si serás capaz de hacerlo.
Pero eso es otro cuento.
El amor de amigos puede confundirte.
Sientes mariposas cuando lo ves después de tiempo.
Sientes felicidad plena cuando recorres plazas con alguien que piensa y siente igual que tú.
Sientes celos cuando te cuenta lo mucho que quiere a su amiga 'Filominina'.
Sientes gozo cuando te dice que tú serás la número uno en su Top Ten.
No sientes placer en besarlo, ni en tocarlo íntimamente (aunque lo toques íntimamente).
No sientes el deseo carnal de imaginar, e incluso soñar, algo que los involucre sin ropa.
Es ahí donde te das cuenta que ese amor es de amistad.
Sí, puedes desear tenerlo en tu vida por siempre.
Puedes imaginar el dolor que sería vivir sin él.
Pero sabrás que no es amor romántico, porque te darás cuenta que lo que más deseas es verlo con alguien que lo ame.
Aún sabiendo que cuando encuentre a su compañera de vida tú dejarás de ser su persona favorita.
Su número uno de su top ten.
Pero eso no te duele (tanto) porque sabes que habrá alguien que lo cuide, lo mime, lo ame, lo haga hombre, esposo y padre.
Pero a pesar de todo, sabes que tú estarás como él estará. En su vida para siempre.
Que podrás correr, tomar vuelo y lanzarte a sus brazos porque él estará ahí para sostenerte en alto.

Después de todo él es Patrick Swayze.










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