jueves, mayo 24, 2012

Una VIDA hecha LIBRO - Parte VI


6. AVENTURERA FANTÁSTICA. La vida de Gladys Aylward  (1902 – 1970)
–Janet &Geoff Benge
Por improbable que pareciera, Gladys Aylward estaba segura de que Dios la había llamado para ser misionera en la China. Pero, a los veintisiete años de edad, fue expulsada de una escuela de preparatoria de misioneros por haber reprobado la asignatura de Sagradas Escrituras. Sin recibir estudios formales y sin contar con el apoyo de una organización misionera, Gladys ahorró con esfuerzo para costearse el viaje por tierra que la llevaría al país y al pueblo que Dios había grabado en lo más hondo de su corazón... ¡China!
Este relato es una aventura increíble de fe y determinación. Gladys Aylward, una criada inglesa, se atrevió a confiar en Dios en medio de situaciones extremas y, aparentemente, imposibles. Su vida ha pasado a engrosar la lista de las grandes biografías misioneras de nuestro tiempo.

A los veintisiete años, Gladys Aylward, la que trabajó como criada desde los catorce años, reprobó el curso de Sagradas Escrituras en la academia de la Sociedad Misionera al Interior de la China. El director la recomendó como sirvienta a los ancianos misioneros Fisher, los que vivían en Inglaterra. Estos, al ver su empeño y jovialidad, le recomiendan servir como “hermana de rescate” en un misión que se encargaba de rescatar jovencitas de las calles. Pasó un tiempo como rescatadora, pero ella tenía en su corazón a China. Decide trabajar como criada para ahorrar dinero para su pasaje, de este modo llega donde Sir Francis Younghusband en donde empieza a ahorrar, abre una cuenta en la agencia de viajes para su boleto, y ensaya lo que es predicar en el Hyde Park Corner (Londres). Una tarde, una señora de la iglesia le cuenta sobre una misionera viuda (la Sra. Lawson) que regresaría a China y deseaba alguien que la ayude allá, a quien también pueda enseñar sobre el trabajo misionero. Gladys le pidió su dirección y le escribió ofreciéndose como voluntaria. Esta le responde que sí puede unirse a ella y que la esperaría en Tien-tsin. El 15 de octubre de 1930, Gladys sale en tren rumbo a China puesto que haría la mayoría del recorrido por tierra. En el barco rumbo a Holanda conoció a una pareja de cristianos, los que le regalaron un billete de una libra.

El viaje continuó por tierra sin contratiempos pero con temperaturas frías. Una noche, el tren se detuvo en medio de la nada y no seguiría hasta Chita donde ella tendría que tomar otro tren hacia Tien-tsin. Al bajar para averiguar qué pasaba, se encontró en una estación improvisada en donde el maquinista, el revisor, y el fogonero tomaban café, por medio de gestos y señales (no hablaban inglés) le dijeron que el tren no seguiría porque tendrían que llenarlo con soldados heridos antes de partir hacia Chita, lo que demoraría una semana o un mes. Gladys no contaba con provisiones para tantos días, decide hacer el trayecto a pie. A medida que avanzaba, cargando sus dos maletas (una con ropa y otra con provisiones), el frío, el hambre y el cansancio la obligan a prepararse un café y dormir un poco en medio de la nada. Al llegar a la estación de Chita, se tumbó encima de su equipaje muerte de hambre y de sueño. Había empleado treinta horas para llegar hasta ahí, sin fuerzas y con mucha hambre nadie la ayudaba ni le ofrecía ayuda. Pensando qué hacer, vio a un oficial de aspecto importante y pensó que si le hacia una zancadilla, al pasar este por su lado, la encarcelaría y así, al menos, tendría un lugar caliente donde dormir.

No necesitó hacer nada, al principio los soldados le hablaban en otro idioma, al parecer indicándole que deje la vía libre. Ella no les hizo caso y ambos soldados la llevaron a un pequeño calabozo, al que le faltaba un pedazo de ventana y que estaba igual de frío que el andén. Algunas horas después, la llevaron a una habitación donde le dieron un té caliente y le revisaron el corpiño (en donde llevaba escondido algún dinero, su pasaporte, y su Biblia). Ella les enseñó su pasaporte diciéndoles que era británica. Uno de ellos que hablaba un poco de inglés, con un acento ruso, confundió su profesión con la de maquinista, a pesar de los esfuerzos de ella por explicarle que era misionera este no entendía. La dejaron dormir en esa misma silla y a la mañana siguiente le devolvieron sus maletas y su pasaporte junto a dos boletos de tren, uno hacia Nikol’sk-Ussuriyskiy y el otro hacia Pogranichnaya. Cuando llegó a la primera estación un oficial examinó su pasaporte y la llevó hacia otro tren, ella imaginaba que una vez en Pogranichnaya haría un transbordo para Harbin, China. Pero luego se enteró que aquel segundo tren se dirigía hacia Vladivostok.

Nuevamente se hallaba sola en un lugar donde no sabía a dónde ir o qué hacer. Al ver un cartel en inglés del hotel Intourist preguntó en la calle cómo llegar, luego de varios intentos un hombre le indicó el camino, una vez en el hotel el recepcionista examinó su pasaporte y le dio una habitación. Le señaló a un segundo hombre el que volvió a mirar su pasaporte y lo guardó en su camisa. Al llegar a la habitación, Gladys se quedó dormida en la mugrienta cama y a la mañana siguiente este hombre le ofreció mostrarle la ciudad; al segundo día, tras repetir el tour por la ciudad seguida de su “intérprete”, Gladys intuyó que algo iba mal. Cuando regresaba a su habitación una joven le susurró que la siguiera, una vez escondidas en una habitación esta le dijo que tenía que recuperar su pasaporte y escapar porque muchos extranjeros habían sido secuestrados y llevados a la fuerza al interior para trabajar a favor de la guerra. Le dijo también que a la medianoche alguien la iría a buscar para ayudarla a escapar. Gladys le pidió su pasaporte al extraño hombre “intérprete”, este le dijo que estaba siendo examinado y que se lo llevaría por la noche. Cuando llegó la hora, el hombre le llevó su pasaporte el que había sido modificado, ya no aparecía como misionera sino como maquinista. Pasadas las horas, llegó el hombre que había ofrecido la muchacha, Gladys lo siguió hasta el puerto; allí se encontró con la joven la que le señaló un barco japonés, que iría hacia Tsuruga, Japón, y en donde debía embarcarse sí o sí. Gladys le suplicó al capitán del barco que la llevara con ellos, este aceptó llevarla como su prisionera. Cuando estaba por subir al barco, llegaron los soldados rusos a rodearla; Gladys lanzó sus maletas al barco y tiró el billete de una libra que había guardado en el bolsillo de su abrigo lo que distrajo a los soldados y así pudo saltar al barco antes de ser atrapada.

Una vez en Japón, el capitán del barco le entregó a su “prisionera” a un funcionario británico; esa noche Gladys comió como nunca y recibió como obsequio un pasaje hacia Kobe. Una vez allí, encontró la sede de una misión donde comió, se bañó, y durmió en una cama agradable. Uno de los misioneros canjeó la parte del pasaje que no había usado desde Chita a Harbin por un viaje en barco hacia Tien-tsin. Una vez allí, Gladys se enteró, gracias al director del colegio anglo-chino, que la señora Lawson no había ido a recibirla y que, por el contrario, ella estaba en Cheng chou, muy lejos. Tres días después, Gladys se enrumbó hacia Cheng chou en compañía del señor Lu, un cristiano de negocios que viajaba en la misma dirección. Por las noches se alojaban en k’angs (posadas de una cama común para todos los viajeros), dos días antes de llegar a Cheng chou el señor Lu se despidió de Gladys y siguió hacia su destino por otro camino; Gladys llegó a Cheng chou veinticinco días después de dejar Tien-tsin, allí encontró en la casa de la misión a la señora Smith la que le dijo que la señora Lawson se encontraba en otra ciudad llamada Yangcheng a un día de distancia. Gladys viajó hacia allá en una litera de mula (una canasta en la parte trasera de la mula). Al llegar a Yangcheng encontró a la señora Lawson en una casa de aspecto austero, según esta le contó se trataba de una casa que creían encantada y la alquilaban a menos precio. La señora Lawson no era tan amable y cariñosa como la señora Smith, pero le indicó a Gladys que se instale en la habitación que mejor le parezca y le dio una camisa y unos pantalones para que vaya más acorde con la cultura china. A la mañana siguiente, cuando Gladys salió a dar un paseo por la ciudad fue atacada por un grupo de mujeres que le arrojaron terrones de barro; Gladys regresó llorando a la casa, la señora Lawson le dijo que llorar no servía de nada porque todos los llamaban lao-yang-kwei, diablos extranjeros, y debían acostumbrarse.

Pasó las semanas dando paseos por el vecindario y aprendiendo el dialecto con Yang, el cocinero de la casa. Un día se le ocurrió a la señora Lawson, gracias a un pensamiento en voz alta de Gladys, convertir la casa en una posada y así aprovechar en evangelizar a todos los muleros que pasaran por allí. Al cabo de unas semanas La Posada de las Ocho Felicidades, como la llamaron, estaba lista para recibir a sus primeros huéspedes. Pero nadie quería ir a una posada regentada por dos extranjeras, por lo que la señora Lawson le dijo que debía agarrar a las mulas del correaje y jalarlas hasta la posada, una vez allí nada las movería. Así lo hizo Gladys al día siguiente, el mulero no se dio cuenta a dónde se dirigían las mulas hasta que estuvieron dentro de la posada, al ver el pelo blanco de la señora Lawson soltó las riendas y salió corriendo, pero al poco rato regresó traído, y tranquilizado, por Yang, y por cuidar su carga. Cinco meses después, ya tenían muchos amigos entre los muleros y a la posada le iba muy bien. Pero una tarde, Gladys estaba dedicada en su estudio del idioma cuando la señora Lawson le avisó que era hora del paseo habitual, Gladys se negó lo que irritó a la anciana que la echó de la posada; con la ayuda de Yang, Gladys puedo unirse a una caravana de mulas con destino a Cheng chou, donde la señora Smith.

Seis días después, llegó un mensajero para decirles que la señora Lawson había tenido un accidente pero que no sabían dónde estaba. Gladys emprendió el viaje en su búsqueda, cuatro días después la encontró en la aldea de Chin Shui, herida y tumbada en el suelo de un patio sobre una ruma de carbón, Gladys curó sus heridas. Se dio cuenta que la anciana había estado en la intemperie y a la vista de todos por más de una semana sin recibir ayuda. Gladys la trasladó a un cuarto privado en la posada y se quedó con ella durante seis días, la señora Lawson se había repuesto en parte pero Gladys decidió llevarla al médico europeo más cercano, en Luan a seis días de camino en mula. El médico les dijo que nada podía hacer por lo que Gladys la llevó de regreso a Yangcheng en donde Yang y ella la cuidarían durante sus últimos días, dos semanas después la señora Lawson murió. Gladys se quedó sola, sin dinero, sin amigos, y sin una organización misionera que la apoyara, pero decidió continuar con su propósito de evangelización.

Gladys descubrió lo que costaba mantener la posada; los gastos de esta misma, como la renta, el carbón para el k’ang, y el alimento se cubrían con el mismo dinero que la posada ganaba, pero cada año se debía pagar un alto tributo al mandarín, dinero que la señora Lawson cubría con sus ingresos mensuales pero que ahora no había de dónde sacar. Yang le dijo que lo único que podían hacer es presentarse en el yamen (palacio) delante del mandarín y pedir su favor. Pero Gladys no contaba con la vestimenta apropiada para presentarse delante de tal importante funcionario, y tampoco sabían qué clase de protocolo debería seguir siendo ella extranjera. Pero les convino esperar, porque una semana después llegó a la posada el mismo mandarín en persona para pedirle su ayuda. Quería contratarla para que sea su inspectora de pies, el nuevo gobierno había prohibido la práctica de ligadura de pies a las niñas de hasta los diez años (ligarles los pies a las niñas hasta esa edad no permitía que el pie crezca y así conserve su “belleza”, según sus creencias), además, le pagaría por sus servicios. Gladys aceptó porque así podría hablar de Dios a toda aldea a donde tuviera que ir como inspectora. Así es como fue de aldea en aldea haciendo cumplir la nueva ley y contando historias bíblicas, al terminar su recorrido, se lo hizo saber al mandarín y este la envió a que haga un segundo viaje para confirmar que la ley se estaba cumpliendo. De esta manera, Gladys se ganó el favor del mandarín el que mandaba a buscarla cada vez que requería un consejo o la ayuda de la valiente mujer.

Los continuos viajes la obligaban a delegar a Yang el cuidado de la posada, la señora Smith envió a Lu Yung-cheng, un nuevo converso, para ayudarla. Una noche, llegó a la posada un soldado con una orden del mandarín que requería su presencia en la cárcel en donde los presos se estaban matando unos a otros en medio de un motín. Gladys no quería obedecer la orden pues no veía cómo ella podía cooperar en ese problema, el soldado le dijo que si no iba terminaría presa por desobedecer un llamamiento oficial. Una vez allí, el director de la prisión le pidió que entre y detenga la pelea, le dijo que nadie la lastimaría si era verdad que llevaba dentro de ella al Dios viviente. Gladys sentía temor de hacerlo, si rechazaba el pedido se extendería el rumor de que no tenía a Dios, y si entraba quién sabe lo que le podrían hacer. Tras unos segundos para meditarlo, decidió que entraría. Una vez adentro, una escena sangrienta la esperaba, vio varios cadáveres dispersos en el patio, charcos de sangre y a varios hombres luchando con machetes y cuchillos. Gladys se armó de valor y les ordenó que dejen sus armas y formen una fila delante de ella. Observó que estaban desnutridos, vestidos con harapos, con llagas en el cuerpo, y piojos en la cabeza, les dijo que había sido enviada para averiguar en qué consistía el problema y para ayudar a resolverlo, les mandó a limpiar el patio si es que querían que ella hable con el director para ayudarlos. Uno de los presos se le acercó para pedirle perdón, se llamaba Feng había sido acusado de robo cuando era sacerdote budista, le dijo que todo había empezado con una pelea de dos, Gladys se enteró que no hacían nada durante el día; cuando el director entró y le agradeció por su conciliación, ella le sugirió que los presos debían tejer su propia ropa y cosechar verduras para preparar su propia comida. Le prometió a Feng que volvería para ver en qué podía ayudar, este le agradeció diciéndole “Ai-weh-deh”, días después se enteró que esto significaba: virtuosa.

Cumpliendo su palabra, Gladys empezó a visitar a los presos, les leía historias de la Biblia y les enseñaba higiene, además, visitaba al director hasta que este acepto hacer algunos cambios; unos amigos de este donaron dos telares, los comerciantes donaron hilo, un molinero donó una rueda, y les enseñó a los presos a criar conejos para la venta. De esta manera, Gladys había cumplido su compromiso: los presos comían bien y no pasaban frío. Gladys, tres años después de su llegada, ya no era considerada un diablo extranjero.

Un día, Gladys iba hacia el yamen del mandarín para darle un nuevo informe: ya no había niñas con pies atados en todo el distrito, la costumbre había sido extinguida, cuando vio a una anciana con una pequeña de cuatro o cinco años la que ofreció a Gladys por dos dólares. Gladys se negó a comprar a la niña y cuando estaba reunida con el mandarín le contó lo que había visto, este, por más que estaba en contra de los vendedores de niños, no podía hacer nada pues estos pertenecían a poderosos grupos de delincuentes. Al salir del yamen, Gladys vio a la vendedora en el mismo lugar, esta le ofreció la niña por menos precio, al principio Gladys se negó, pero al ver a la inocente criatura le ofreció a la anciana lo que tenía en el bolsillo: nueve peniques. Así empezaron a llamar a la niña (Nuevepeniques), la que a las pocas semanas se convirtió en una niña sana y feliz. A los seis meses, Nuevepeniques encontró a un niño sin hogar, se acercó a Gladys y le preguntó si ella podía comer menos. Nuevepeniques le dijo que si ella comía un poco menos y Gladys un poco menos podían juntar esos dos menos y alimentar al niño. Gladys la mandó a traerlo para que coma con ellas. De esa forma ese niño de ocho años pasó a ser parte de la familia, lo llamaron Less (que en inglés significa menos).

Gladys sintió que debía nacionalizarse china para poder adoptar a los pequeños legalmente, el mandarín la ayudó (pese a que ella le desobedeció al adoptar a Nuevepeniques) y en 1936 Gladys fue la primera extranjera que adquirió la nacionalidad china. Por ese mismo tiempo, la señora Smith falleció llegando a sustituirla Jean y David Davies, además, una viuda convertida se instaló con Gladys en la posada para cuidar de los niños cuando ella viaje como inspectora. Cuando caminaba por los campos oía a los nativos cantar himnos cristianos, les encantaba. La familia, inesperada, de Gladys iba creciendo: Nuevepeniques encontró a un niño vagando por las afueras de la muralla, Gladys encargó al pregonero que anunciara su hallazgo pero nadie lo reclamó, Boa-Boa pasó a ser el tercer hijo de Gladys. El cuarto niño, Francis, llegó cuando el río se desbordó y muchos damnificados quedaron sin hogar o huérfanos. El mandarín, que ya era amigo de Gladys, le confió el cuidado de una niña huérfana llamada Lan Hsiang.

A medida que pasaban los años, los pobladores de Yangcheng confiaban más en Gladys, el mandarín pedía su consejo para cada decisión importante, y el director de la prisión le pidió que organizara una escuela para enviar a sus hijos. Pero la sombra de la guerra azotaría China, los japoneses empezaron a invadir poblados chinos y ampliando su conquista poco a poco. Una mañana de 1938, los aviones japoneses sobrevolaron Yangcheng, la gente salía de sus casas para ver los “vehículos que volaban como insectos” pero de pronto empezaron a caer bombas. Gladys estaba en el segundo piso de la posada que se vino abajo, resultó con heridas y hematomas pero ningún hueso roto. Pronto las bombas se multiplicaron, Gladys salió a socorrer a la gente que vagaba por la calle aturdida, las reunió rápidamente y ordenó que se llevara a los heridos al yamen, que se pusieran a los muertos en una fosa en el cementerio, y que se limpiara la calle principal. Toda la tarde y noche Gladys socorrió heridos, un mensajero del mandarín de Luan les llevó la noticia que esa ciudad había sido tomada por los japoneses que ahora se dirigían hacia Cheng chou, y, dentro de pocos días, llegarían a Yangcheng. Gladys comprendió su estrategia, bombardeaban las ciudades para poco después, cuando las invadieran, encontrarlas débiles y de fácil sometimiento.

El mandarín, Gladys, el director de la prisión y un importante comerciante formaron un comité de emergencia que tomaría las siguientes decisiones. Decidieron que luego de enterrar a sus muertos tendrían que abandonar la ciudad. Gladys, que ya era responsable de unas cuarenta personas, incluidos sus hijos, los huérfanos del ataque de Yangcheng, y los nuevos conversos, se dirigieron a Bei Chai Chuang, ella sabía que este era un lugar perfecto para refugiarse pues no aparecía en ningún mapa ni llegaba ninguna carretera, además, en las colinas había varias cuevas grandes donde pastores del lugar guardaban a sus ovejas, cerdos y cabras durante el invierno. Les costó casi todo un día llegar a Bei Chai Chuang, los habitantes barrieron las cuevas y dispusieron todo para sus huéspedes. Algunos granjeros les prometieron que harían excursiones a Yangcheng para ver cómo andaba la situación allá; a la noche siguiente, un granjero les dijo que había visto a soldados japoneses marchar hacia la puerta este de Yangcheng; una semana después, otro granjero les contó que los había visto salir por la puerta occidental. Varios de los refugiados querían saber cómo estaban sus casas o si sus familiares habían regresado, Gladys se ofreció como voluntaria para ir a averiguarlo. Al atardecer, Gladys llegó a Yangcheng y encontró a la ciudad envuelta en un silencio sepulcral. Cuando estaba viendo lo que quedaba de la posada, oyó gritos en japonés, al parecer las tropas japonesas o no habían abandonado la ciudad o habían regresado. Gladys logró escapar a través de la puerta occidental, en medio de un intercambio de bombas entre los soldados japoneses y los nacionales, pasó la noche en la hendidura de una roca sobre el desfiladero por el que pasaban los soldados. A la mañana siguiente regresó a Bei chai Chuang con la noticia de que tendrían que permanecer en las cuevas.

A comienzos de 1939, una incómoda paz llegó a Yangcheng, la que duró solo hasta que llegaron noticias de que las tropas japonesas estaban de regreso. Esta vez el Ejército Nacional Chino planeó que cada ciudad sea destruida: que se demolieran los tejados de todo edificio, que se sacrifique a los animales que no se pudieran trasportar, que se quemaran las cosechas, y que los pobladores huyan a las montañas para que así los japoneses no encuentren dónde albergarse. Antes de llevar a cabo la destrucción de la ciudad, el mandarín invitó a Gladys al yamen en donde realizaría una fiesta, ella fue presa de la curiosidad por saber qué iba a decir su amigo. Presentes estuvieron las personalidades de Yangcheng. Cuando terminaron de comer, el mandarín le dijo a Gladys «Ai-weh-deh, he visto cómo eres y todo lo que haces y me gustaría ser cristiano como tú». Lágrimas de gratitud hacia Dios brotaron de los ojos de Gladys, cualquier cosa que le sucediera valdría la pena con tal de haber escuchado decir al mandarín que se hacía cristiano.

La guerra duraba ya casi un año y medio, la política de tierra quemada enfurecía al ejército japonés, cuando este pasaba por una aldea arrasada se vengaba ametrallando o lanzando bombas a cualquier cosa que se moviera. Es así como Francis, uno de los hijos adoptivos de Gladys, perdió tres dedos de la mano. A medida que este conflicto se prolongaba, miles de niños quedaban huérfanos o eran separados de sus padres, algunos niños iban en búsqueda de Gladys, la Ai-weh-deh, porque habían oído que ella cuidaba de los huérfanos, es así como cuando llegó a tener más de ciento cincuenta dejó de contar. Cuando Gladys se enteró que Yangcheng era un lugar seguro, decidió regresar a la Posada de las Ocho Felicidades con los niños. Su amigo el mandarín tuvo que huir con su familia pues los japoneses mataban a los mandarines que capturaban. Una vez establecidos en Yangcheng con todos los niños, Gladys visitó a la pareja Davies en Cheng chou, una noche la despertaron unos gritos que procedían del cuarto de las refugiadas. Dentro habían soldados japoneses amenazando a las mujeres, cuando Gladys entró uno de los soldados la golpeó con la culata del fusil con todas sus fuerzas, Gladys cayó al suelo inconsciente. Cuando recuperó la conciencia, Jean Davies le contó que detrás de Gladys entró David, el que recibió un golpe que le desgarró la mejilla pero pudo gritar a las mujeres que oraran. El furioso soldado apretó el gatillo apuntando a su cabeza pero el arma no disparó las tres veces que este lo intentó. Asustado el soldado huyó de la casa y los otros no sabían qué hacer, mientras discutían llegó el capitán y se los llevó a todos.

Cuando estaba ausente de Yangcheng, Gladys recibió la noticia de que su hijo mayor, Less, se había unido al Ejército Nacional y a las pocas semanas le avisaron que había muerto en combate. Theodore White, periodista estadounidense, llegó hasta la provincia de Shansi en donde escuchó de Gladys, la encontró en Yangcheng y ella respondió a todas sus preguntas de buena gana. Gladys quería que el mundo supiera el horror y lamento que China estaba sufriendo, no se imaginó que el reportaje sería comprado por Time Magazine y que sería leído por gente de Estados Unidos, Gran Bretaña y el resto del mundo. Un general del Ejército Nacional le pidió a Gladys que le informara cualquier despliegue japonés del que ella se enterara, este mismo le contó de la señora de Chiang Kai-chek quien había fundado muchos orfanatos en la provincia de Shensi, y que, si le escribía, tal vez tuviera lugar para los niños que Gladys tenía. Esta señora le respondió que si los hacía llegar hasta Sian, en Shensi, ella les daría lugar a los niños y algún dinero para apoyar su obra. Todo pareció sencillo, uno de los recién convertidos, Tsin-Pen-kuang, se ofreció a llevar al primer grupo y a traer el dinero cuando volviera por el segundo grupo de niños. Gladys preparó a los primeros cien niños, prometió orar por ellos, y cinco semanas después se enteró que habían llegado con bien. Pero Tsin-Pen-kuang no regresó, fue robado y asesinado por los japoneses en su viaje de regreso, además, una copia del artículo del Times cayó en manos japonesas los que ofrecieron una cuantiosa recompensa por Gladys, viva o muerta. Cuando ella se enteró de esto, pensó en una oración que la señora Lawson le enseñó: «Si he de morir, no tema yo a la muerte, mas tenga sentido, oh Dios, mi sacrificio». Decidió ser ella quien llevara a los demás niños a Sian, pero sabía que corría peligro, si los japoneses la encontraban con noventa y cuatro niños de seguro los mataban delante suyo y luego a ella.
Despertó a los niños, les dijo que se pusieron toda la ropa que tuvieran, y que amarraran sus zapatillas a la cintura. Les dio a cada uno su saco de dormir y los hizo formar dos filas, una de niños y otra de niñas, por orden de estatura, los grandes cuidarían de los más pequeños y cargarían la comida que ella preparó en fardos. Al llegar a la primera aldea, un sacerdote budista los alojó en el templo para pasar la noche, le dijo a Gladys que los soldados japoneses siempre rondaban esas zonas, y que si descubrían a Ai-weh-deh, la mujer de la recompensa, no tendrían lástima de ninguno de ellos. A la quinta noche, los niños más pequeños lloriqueaban de hambre y temor, a las niñas más grandes les dolían los pies, los que habían tenido atados de pequeñas cuando la costumbre aún era legal, a ella le dolía la cabeza (mucho desde aquel golpe de fusil en Cheng chou), y se estaban quedando sin comida.

Durante un momento de silencio, dos niños mayores que se adelantaron retrocedieron anunciando que adelante venían soldados, pero Gladys vio que se trataba de soldados nacionales. Cuando estos acortaron la distancia, un avión japonés sobrevoló la zona y todos, soldados y niños, corrieron a ocultarse, pero no hubo ataque pues lo pedregoso de la zona impidió que los pilotos los vieran. Los soldados les ofrecieron quedarse con ellos y compartieron su cena con todos, por primera vez Gladys se sintió libre para comerse toda su ración. El duodécimo día, ningún niño mostraba la alegría del primer día, todos tenían que avanzar con pies llenos de llagas. De pronto divisaron la aldea de Yuan Chu, pero al llegar allí no encontraron más que un pueblo fantasma. Gladys no se desanimó, siguieron hasta el río Amarillo, el que debían cruzar en barcas y que estaba muy cerca. Permanecieron cuatro días en la ribera de este pues no había barca alguna para cruzarlo; Gladys instó a los niños a cantar himnos y a orar, estaban así cuando un soldado del ejército nacional los divisó desde una colina; este bajó a socorrerlos y tras silbar apareció una barca, con su ayuda pudieron cruzar el río. El grupo pasó la noche en una población cercana, en donde los aldeanos compartieron su comida y k’angs con ellos.

A la mañana siguiente llegaron a la estación de tren en donde podrían tomarlo gratuitamente, por ser refugiados, hasta Sian. Cuando los niños vieron la locomotora se espantaron y huyeron provocando las risas de la demás gente, Gladys los convenció de que no estaban a punto de ser engullidos por un dragón gigante y todos subieron a bordo. Al cuarto día de viaje, el vagón paró de pronto en medio del camino, sin ninguna estación cerca; el maquinista les dijo que el puente que debían cruzar había sido bombardeado y que tenían que bordear la montaña a pie para alcanzar el siguiente tren en el que continuarían el viaje; Gladys se sintió morir cuando supo que les costaría cuatro o cinco días bordear el monte. Con la promesa de que al final del viaje encontrarían té y comida caliente los niños siguieron adelante, cinco días después llegaron a Tung Kwan, pero ahí se enteraron que los trenes que circulaban solo transportaban carbón; con la confianza puesta en Dios, mandó a los niños a estirar sus sacos y dormir. Un estibador de carbón vio a los niños durmiendo en el andén y convenció al maquinista para que los transportara encima del carbón, este aceptó, y, despertando a Gladys, todos fueron acomodados entre los carbones. Tres días les costó llegar a Sian, pero la ciudad estaba repleta de refugiados y con guardias que no permitían entrar a ninguno más, el maquinista le dijo que Fufeng estaba a tres días más y que aun recibían a refugiados. Gladys sacó fuerzas para hacer el final del recorrido, una vez en Fufeng entregó a los niños a un orfanato, y a los dos días de haberlo echo cayó en coma.

Gladys se despertó oyendo voces que decían «Es increíble que aún esté viva, con fiebre, neumonía, tifoidea y mala nutrición. Bastaría una de esas dolencias para acabar con la vida de una persona normal y ¡llegó aquí hace dos semanas con las cuatro enfermedades!». Durante dos meses Gladys perdió y recobró el conocimiento en un hospital dirigido por misioneros bautistas. Cuando se recuperó un poco, el médico le recomendó a unos amigos misioneros que vivían en el campo en donde podía recuperarse del todo. Gladys pasó allí varios meses y cuando se recuperó recogió a catorce niños del orfanato, entre ellos Nuevepeniques, Francis y Boa, sus hijos, y se mudaron a una fábrica abandonada. Las niñas mayores cocían y los niños cargaban bultos o trabajaban la tierra, con este dinero compraban comida. Gladys compartía el evangelio a donde iba, trabajó en una colonia de leprosos, predicó en la cárcel a diario hasta que muchos de los presos se convirtieron. La iglesia metodista le pidió que los ayudara en la evangelización, cuando predicaba cientos la escuchaban y muchos se convertían, desde pobres refugiados hasta personajes con altos cargos, también un gran número de universitarios.

A los pocos meses, el partido comunista tomó el control de las universidades; a los alumnos los hacían llenar cuestionarios con preguntas como ¿Qué partido político apoya? Si se estaba de acuerdo con el gobierno (es decir, ser favorecidos con buenos puestos y salarios) se debía marcar un círculo y si se estaba en contra poner una equis (ser discriminado de por vida y no encontrar buenos empleos). Al contar los formularios, los funcionarios enfurecieron por la gran cantidad de equis marcadas; se reunió a los que marcaron un circulo para pedirles que hostiguen a los cristianos que marcaron la equis. Un mes después se volvió a hacer el cuestionario y esta vez las equis eran más, los comunistas instaron a repetir su hostigamiento, esta vez los cristianos eran golpeados en callejuelas oscuras, no se les permitía hablar entre sí, ni realizar reuniones de oración. Tres meses después el partido comunista convocó a una reunión abierta en la plaza de la ciudad, se leyó un nombre y una joven cristiana de diecisiete años salió al frente, el oficial comunista le preguntó a quién apoyaba y cuando ella le dijo que aún creía en Jesucristo y en la Biblia un soldado la arrastró al centro de la plaza y con un movimiento rápido le cortó la cabeza. Lo mismo pasó con los demás doscientos estudiantes que fueron interrogados, ninguno declaró apoyar al partido comunista.

Después de mucha oración, Gladys decidió ir a Shanghai donde conoció a un grupo de influyentes cristianos chinos que le hablaron de una sociedad que habían fundado al terminar la guerra; los directivos hablaron con ella y le ofrecieron los últimos dólares que tenían para pagar su viaje a Inglaterra, habían pasado siete años desde que ella dejara a los huérfanos en Fufeng pero no se había recuperado del todo. Dos meses después de viajar por barco y tren, Gladys llegó a la estación de Liverpool Street, pasaron muchos meses para que ella se sintiera cómoda en su país, a veces olvidaba dónde estaba y hablaba chino mandarín en vez de inglés. Algunas veces le daba fuertes dolores de cabeza y se desorientaba, todo como consecuencia de aquel golpe de culata en Cheng chou. Una cosa con la que no había contado era el ser famosa; reporteros de la BBC de Londres la incluyó en una serie radiofónica sobre los héroes de la guerra, esto produjo una radionovela con ella como protagonista, un libro que relataba su vida en Yangcheng, y hasta se filmó una película protagonizada por Ingrid Bergman.

Gladys utilizó su fama para ayudar al pueblo chino, solicitó a los cristianos a orar por el pueblo chino, compartió mesa con jefes de Estado, se entrevistó con la reina Isabel, estableció puntos de recolección de ropa de abrigo para ser enviada a Formosa (Taiwan), en donde muchos chinos huyeron tras la toma de poder de los comunistas, asistió a cientos de refugiados que llegaron a Liverpool enseñándoles el inglés y realizando cultos religiosos en chino. Pero para ella no bastaba, quería regresar a casa; después de diez años en Inglaterra decidió volver a la cultura que amaba, pero no pudo ingresar a la china continental (ningún extranjero podía hacerlo, así tenga la ciudadanía), por eso, en 1957, Gladys partió rumbo a Formosa, en donde trabajó para el pueblo chino: enseñó estudios bíblicos, cuidó bebés y niños, viajó y predicó el mensaje del evangelio, y se sintió agradecida cuando una misionera joven llegó para ayudarla.

El día de Año Nuevo de 1970, Gladys se fue a dormir y no volvió a despertar. Más de un millar de personas asistió a su funeral en Taipei (capital de Taiwan). En la cima de una colina, en el Christ’s College de Taipei, mirando hacia la China continental, fue enterrado el cuerpo de Ai-weh-deh, la virtuosa.


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